Lo que está pasando en Francia, y lo que va a pasar en los próximos meses, es la explosión de un problema que viene, como escribe Cacho, larvándose desde los años 60 del siglo pasado. Haciendo el cuento corto, la razón es el insostenible gasto público y social, uno de cuyos ingredientes básicos fue la política de puertas abiertas a la inmigración (magrebí fundamentalmente), a la que se subvencionó generosamente con cada hijo que nacía en Francia.
Esa generación de inmigrantes vivió sin trabajar, pero cuando sus hijos quisieron vivir como sus padres empezaron los problemas para el estado del bienestar francés que ya hoy, con la tercera generación de inmigrantes, ampliada sin control por nuevas oleadas, es insostenible.
Francia no tiene otra salida que reducir ese gasto insoportable, y aunque al primer ministro le saliera bien (que todo indica que tendrá que dimitir) y consiguiera reducir esos 44 mil millones de euros, su efecto sólo será una tirita para el problema. Más temprano que tarde, Francia tendrá que operar a corazón abierto. Y lo único que falta por saber es cuando se producirá el estallido social. Y la alternativa, que es seguir endeudándose con el BCE como avalista, ya es evidente que solo sirve para cebar la bomba.
La situación en España es distinta en cuanto a la magnitud de las cifras del porcentaje de gasto sobre el PIB, pero acercándose, y de la inmigración.
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