Anatomía del relámpago. La unión del cielo y la tierra.

Una perspectiva excesivamente especializada del mundo diría que cielo y tierra no tienen demasiada
relación entre sí. Cielo y tierra, a simple vista, tienen naturalezas muy distintas: se denominan con
palabras distintas, son objeto de estudio de personas muy distintas, con objetivos distintos y nos ofrecen
asociaciones conceptuales y psicológicas aparentemente distintas.
El cielo, por ejemplo, se asocia con lo elevado, lo teórico, lo universal, lo eterno; mientras que la tierra
se asocia con lo bajo, lo práctico, lo regional, lo accidental. Sin embargo, ya parece entreverse a través
de estos últimos conceptos opuestos que las cosas a menudo no son lo que parecen. Pues sucede que
lo que percibimos como fragmentado o enfrentado obedece a una realidad profunda; una verdad que
unifica y conduce cuanto nos rodea. Los opuestos no dejan de ser manifestaciones extremas de una
única realidad equilibrada. Es decir que la verdad, a pesar de lo que nos pueda parecer, es una.
La descarga eléctrica que conecta el cielo y la tierra -para reequilibrar la diferencia de potencial entre
ambos- es un ejemplo claro de ello. Y es que podemos afirmar que, al menos en el instante en que el
rayo cruza el cielo, cielo y tierra son parte de una misma realidad. El rayo, lejos de actuar de una forma
gratuita y absurda, acude a una llamada. Existe una fuerza que llama al rayo a desatarse como un
clamor incontenible en furiosa búsqueda de la tierra – fuerza comprensiblemente asociada en el pasado
a una exigencia divina-, exigiendo e incluso imponiendo paz y estabilidad. Es decir que, como bien
indicó Santo Tomás de Aquino, siempre existe una primera fuerza, un primer motor, que mueve lo que
vemos.
El relámpago es, por su parte, la dimensión lumínica de la descarga eléctrica exitosa. Es la
inconmensurable luminosidad, real y auténtica como la vida misma, que súbitamente puede traer el día
a la oscuridad más absoluta. El relámpago es el fugaz destello provocado por la imparable y brutal
fuerza de la naturaleza que es el rayo. Queremos analizar hoy aquí la luz del rayo, queremos
acercarnos a entender esa ingobernable fuerza de la naturaleza, ese poderoso río de energía que
conecta lo divino con lo terreno, porque necesitamos su fuerza; necesitamos atraer su súbita
luminosidad, pues nos encontramos en la noche oscura del alma hispana.
El rayo -si lo han visto a cámara lenta lo comprenderán perfectamente- no es “simplemente” un río de
energía que cae, como si dijéramos por gravedad, del cielo a la tierra. Es más bien un pequeño mundo
lleno de sofisticación y bellos matices que, como si se tratara de un baile, solo puede entenderse en un
contexto concreto y en relación a multitud de parámetros que delicadísimamente se ordenan entre sí.

Antes de la tormenta, las nubes se retuercen, como si sintieran y expresaran su incomodidad y su
malestar. El cielo cruje, y pareciera que cae sobre nuestras cabezas. Se masca la tensión en el aire. Se
dan las condiciones físico-químicas que llaman a la presencia del rayo. La primera llamada es
escuchada por una pequeña luz que va avanzando incólume, aparentemente ajena a la oscuridad que
la rodea, dejando tras de sí un sutil rastro brillante en el camino tridimensional que va dejando atrás.
Esta pequeña luz puede diversificar su acción tanteando por allí o por allá, como dividiendo
estratégicamente sus fuerzas en pequeñas luces que buscan la tierra en equipo. El rayo en formación, y
las linternas que forman su dibujo arbolado, nunca pierde la unidad ni la continuidad en su avance. A
partir de aquí, pueden pasar dos cosas. Puede pasar que el rayo no alcance su objetivo terrenal, se
quede en el camino, no termine de manifestarse “en acto”, como sí se manifestaba “en potencia” y
humildemente se apague. O puede pasar que el rayo, a través de alguna de las linternas que se abren
camino en la oscuridad, conecte con la tierra y canalice inmensas cantidades de energía celestial a lo
terrenal. En este punto el rayo parece incluso cambiar súbitamente su naturaleza. El rayo buscador -o
rayo en formación- tiene un comportamiento relativamente débil, tanteador y ramificado. Cuando se da
la conexión, ha llegado el momento de la fuerza, sus ramificaciones se desvanecen y se manifiesta
repentinamente clara y fuertemente iluminado. El rayo, al alcanzar su objetivo, lleva el día a la noche,
lleva la paz a la tensión, lleva el calor a la humedad, lleva la luz a la sombra.

Existen algunas personas que avanzan, como llevadas por ese primer motor que ordena todas las
cosas, como las linternas-guía del rayo haciendo frente a todo un mundo de aparente oscuridad; se
enfrentan al frío y duro castigo incluso de quienes les rodean -porque persiguen el bien de todos en un
acto vocacional y profundamente inspirado en la bondad-. Estas personas, exactamente igual que las
pequeñas luces que trazan el camino al rayo, saben a donde van si no tienen aún grandes argumentos,
grandes indicaciones que guíen su camino, y quizá incluso no tienen forma de explicar cómo lo saben…
pero lo saben. Igual que las linternas que guían al rayo pueden tantear la situación, por aquí o por allá,
buscando avanzar con la historia, con la teología, con la filosofía, con las relaciones internacionales.
Todo son medios para un objetivo. Hay en ellos una fuerza interior que les indica cual es el camino y
tienen la luz suficiente como para enfrentarse a cuanto les rodea, persiguiendo su celestial y luminoso
objetivo. Estas personas son las puntas de lanza, grandes intelectuales hispanistas que tienen la
lucidez, la fuerza y la sabiduría suficientes para conducir a civilizaciones enteras. Solamente cuando
estas personas se han dejado la vida, lo han arriesgado todo y encontrado su objetivo; solamente en
ese momento el resto de la sociedad -viendo la conexión y el camino trazado- podrá descargar su
necesidad, su agonía y sus emociones… equilibrando de nuevo la tensión, poniendo las cosas en su
lugar, y trayendo de nuevo la paz al mundo.
Llegados al final, descubro todas mis cartas… ¿qué es lo que busca, un humilde servidor, a través de
estas reflexiones y mensajes?
Le dedico este artículo a los grandes hispanistas, que me han mostrado el camino del Bien, de la
Verdad y de la Belleza. En particular quiero agradecerle su labor a mi queridísimo profesor y amigo Don
Marcelo Gullo Omodeo, cuya labor ha transformado profundamente mi existir. Aspiro, a través de estas
líneas, a transmitirles la sed que tiene el gran pueblo hispano de su trabajo, el cariño de casi
novecientos millones de personas que les necesitan aún si no son conscientes de ello, y su profundo
agradecimiento (del pueblo) por su extraordinaria labor.
Estos hombres y mujeres extraordinarios son la punta de lanza de nuestra civilización, y necesitan todo
el apoyo que podamos proporcionarles. Por eso, desde aquí, quiero hacer un llamado a la unidad del
mundo hispano, al estudio, al aprendizaje, a la mejora personal, al apoyo de nuestros intelectuales y
conductores. Hago un llamado a la unidad de nuestro corpus cultural, pues solamente a partir de la
unidad del mundo hispano podremos construir justicia, prosperidad, fuerza, sabiduría y felicidad.
“Anatomía del relámpago” no presenta una mera comparación, estéticamente agradable, entre la
naturaleza y nuestra sociedad hispana. Al contrario, se trata de mostrar que la fuerza de la naturaleza y
de la verdad corre por las venas de los hispanos (aún si no son conscientes de ello), y aún con más
fuerza de los grandes hispanistas que iluminan su camino. Las fuerzas más profundas y poderosas
subyacen en lo profundo de este glorioso ser cultural que es la inmensa España, la Hispanidad.
Es hora de que la Hispanidad se articule y recupere el lugar que le corresponde en el mundo. La
aspiración última de este servidor es elevar la moral del pueblo hispano para que se conozca a sí
mismo, conozcan su historia y su cultura, comprenda la necesidad de reunificarse, y vuelva a traer la
ética a un mundo hostil que, quizás más que nunca, la necesita. El mundo necesita a la Hispanidad.

José Antonio Santos Pérez

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